lunes 28 de septiembre de 2009

La eslovaca

Alquilé la habitación a través de Internet, antes de llegar a la ciudad, y sin más datos que unas cuantas fotos colgadas en la página. El escaso contacto que mantuve con el casero se limitó a unos pocos correos electrónicos en los que me indicó la dirección de la casa, me envío el contrato escaneado y firmado y me pidió que recogiera las llaves en una panadería cercana, donde, además, todos los meses, efectuaría los pagos del alquiler.
La panadera tenía la cara rechoncha, llevaba mandil y gorro y me sonrió cuando me presenté.
− La casa tiene tres habitaciones. La tuya, otra que, de momento, está vacía y la de la eslovaca, pero yo que tú, no me acercaba mucho a ella, porque parece un poco rara− me explicó.
Me entregó las llaves y me marché a ver la casa. Estaba apenas a unos metros, doblando la esquina. Por fuera no tenía mala pinta. Parecía la típica casa de ladrillo de cara vista, construida a principios del siglo pasado.
El piso de abajo estaba reservado para una cocina de madera un tanto desvencijada, un cuarto de estar apenas sin muebles y un pequeño jardín con sillas y una mesita de forja, donde pensé que podía salir a fumar y a escribir los primeros borradores de mis poemas.
Mi habitación estaba en el piso de arriba, entre las otras dos. La puerta de la eslovaca estaba cerrada y, como era un poco tarde, no quise llamar para presentarme. La otra habitación estaba efectivamente vacía, pero vacía del todo. Sin ningún tipo de muebles. Encendí la luz, un foco en el techo muy intenso, y descubrí que era completamente interior y que tenía las paredes pintadas de un color tan blanco que casi dolía.
− ¿Qué, ya conoces a la eslovaca? −me preguntó la panadera la mañana siguiente.
− No, todavía no.
− Cuando la conozcas ya verás como es un poco rara.
Tardé unos cuantos días en coincidir con la eslovaca. Nuestros horarios no parecían demasiado compatibles. Siempre cenaba solo, y a ella no parecía, que le gustara demasiado ver la tele. Cuando pasaba delante de su habitación encontraba casi siempre la puerta cerrada o si la encontraba abierta, nunca estaba dentro. Desde el quicio, su habitación parecía estar amueblada igual que la mía: una cama, una mesa que servía de escritorio, un armario probablemente recogido de un vertedero y unas cuantas estanterías llenas de libros en eslovaco (suponía), aparte de una abundante colección de velitas y barras de incienso desperdigada por el suelo y varios mandalas y tapices de la India colgados de las paredes.
Encontré a la eslovaca en la otra habitación, en la que teóricamente estaba vacía y sin amueblar. Me sorprendió que, a pesar de que puerta estuviera cerrada, se viera luz por las rendijas. Pensé que a lo mejor me había dejado yo la luz encendida desde el primer día y abrí.
Casi en un rincón, pero sin apoyarse en la pared, estaba la eslovaca. Completamente vestida de blanco y sentada en el suelo, descalza, con las piernas cruzadas, el pelo rubio, recogido en una coleta, y la mirada perdida. Parecía muy delgada.
− Hola −dije.
Me miró. Apenas unos segundos. Lo suficiente para descubrir que no tenía los ojos azules. Después volvió a abandonar la mirada en el suelo.

− Ya te dije que la eslovaca era un poco rara. Yo calo muy pronto a la gente y eso que apenas la he visto la vez que vino a por las llaves y en la que ya me pagó todo un año por adelantado y las tres o cuatro veces que habrá pasado por delante de la tienda.
Poco a poco y agudizando el oído, comprendí que la vida de la eslovaca, se limitaba prácticamente a ir de una habitación a otra. Nunca me atreví a entrar en la suya, pero sí que entraba en la habitación vacía. Al fin y al cabo, era de los dos, al menos, mientras no hubiera otro inquilino. Como llevaba unos cuantos días en los que me costaba escribir, si no echaban nada interesante en la tele, me sentaba en el suelo frente a ella y de espaldas a la puerta.
Al principio le hablaba, le preguntaba que si me entendía, que porqué se pasaba un montón de horas ahí sentada, pero nunca me contestó. Como mucho alzaba un poco la mirada, aunque siempre de una forma muy sutil. Como si yo no existiera. Después me acostumbré a sentarme frente a ella y a permanecer en silencio. Siempre me cansaba yo antes y era el primero de los dos en abandonar la habitación. Lo curioso era que, por muchas horas que pasara ahí sentado, nunca salía con hambre, como si el silencio, el color blanco de las paredes y la luz tan intensa del foco del techo, me alimentaran.
A la panadera no volví a contarle nada de lo que ocurría dentro de aquella habitación, a pesar de que insistía mucho con sus preguntas. Sentía una especie de solidaridad hacia la eslovaca.
Creo que pronto llegué a permanecer casi un día entero dentro de la habitación vacía, sin que la eslovaca se moviera lo más mínimo. Después me acostaba en la cama, pero apenas podía dormir. Empezaba a obsesionarme. Quería ver a la eslovaca de pie, moviéndose descalza por la habitación, pero sin hacer trampas. Tenía que ganarla en su terreno y aguantar sentado más tiempo que ella.
Bajé a la panadería a por unas botellas de agua y unas cuantas barras de pan, para prepararme unos suficientes bocadillos para aguantar, al menos, una semana. La panadera me comentó que el casero estaba pensando en amueblar y alquilar la habitación vacía.
− Dígale que no hace falta que busque a nadie. Yo se la alquilo tal como está, por el mismo precio que la mía.
Subí un momento a por dinero y le pagué un mes de las dos habitaciones por adelantado. Después me preparé bocadillos para cinco días. Estaba convencido de que eran suficientes. Nadie podría aguantar tanto tiempo sin comer y sin moverse del sitio. Entré en la habitación vacía y me senté frente a la eslovaca. Me descalcé y elegí, como ella, ropa cómoda y blanca.
Llevé la cuenta de los primeros días por los bocadillos que me quedaban. Cuando se terminaron, perdí la noción del tiempo, pero estaba decidido a aguantar. Los dos éramos humanos y yo le llevaba unos cuantos bocadillos de ventaja. No creo que la eslovaca aguantara mucho más. Pero aguantó sin inmutarse. A pesar de que a veces, sobre todo al principio, la susurraba insultos y la llamaba puta. Cerré los ojos y me concentré. Tal vez me quedé dormido. No sé cuanto tiempo. Una voz pronunció mi nombre, varias veces. Levanté la mirada. La panadera estaba de pie en la habitación frente a nosotros.
− ¿Se puede saber qué estáis haciendo? −preguntó.
No la contesté. Bajé de nuevo la mirada y me concentré. Pronto seríamos tres.

1 Curiosos:

Credendo Vides dijo...

Joer, q miedo de mujer no???? pues vaya juego más macabro... Al final no cabría gente en la habitación si todos caían en lo mismo..
Intrigante el relato.
Saludos desde el Inframundo.