martes 29 de septiembre de 2009

La diana

Al señor García lo sorprendieron cuando, después de la comida de despedida, le entregaron el regalo. Por el tamaño descartaba que fuera un reloj, unos gemelos o una pluma estilográfica. Parecía algo mucho más grande, seguramente un cuadro. Hasta que no destrozó el papel del envoltorio no descubrió que se trataba de una diana para los dardos. Todos los de la mesa aplaudieron.
Se puso de pie y observó los rostros de los que, hasta esa misma mañana, habían sido sus compañeros de trabajo, sin fijar la mirada en ninguno más de tres o cuatro segundos.
- Gracias, muchas gracias, por esta sorpresa tan, tan, tan… sorprendente.
Los del fondo sonrieron. Pérez le tiró de la manga de la camisa, se puso también de pie y le entregó una caja de madera con un par de dardos y una bolsita con puntas de plástico en su interior.
- Para que nunca te olvides de cuando salíamos juntos- dijo.
Se abrazaron y volvieron los aplausos.Después de un par de brindis con chupitos de licor de hierbas por el futuro del señor García en la nueva empresa, los escasos supervivientes de la comida se fueron a continuar la fiesta en un bar de copas.
Aunque el señor García estuvo a punto de perder la diana dos o tres veces (tal vez la primera de ellas no fuera del todo intencionada), consiguió llegar a casa un poco borracho, pero con su regalo dentro de una bolsa de plástico.
Le costó un poco abrir la puerta. Encontró a su mujer en el pasillo, descalza y en camisón.- Anda que, cómo vienes.
- Bueno, ya sabes, los compañeros.
- ¿Qué traes en esa bolsa?
- El regalo. Una diana.
- ¿Una diana por doce años de contable en la empresa?
- Me voy a la cama.
El señor García apoyó la bolsa de plástico con la diana y la caja de dardos en el sofá del salón. A la mañana siguiente, su mujer se subió a una silla y la guardó en la parte alta del armario empotrado del dormitorio.No le fueron tan bien las cosas al señor García en la nueva empresa como sus antiguos compañeros le desearon en el brindis. Al cabo de unos cuantos meses, lo despidieron.
- No se trata de nada personal - dijo el subdirector de recursos humanos - Es un simple reajuste coyuntural mientras remontamos la crisis.
En esta ocasión no hubo cena de despedida.Después de apuntarse a la lista de la Oficina de Empleo, telefoneó a su antigua empresa.
- Lo siento - dijo Pérez- Ya sabes como está todo. Ni siquiera tengo yo el puesto asegurado del todo. Pero si sale algo, estate seguro de que me pondré en contacto contigo.
Su mujer, casi todas las tardes, después de volver de su trabajo, encontraba al señor García tumbado en el sofá del salón con la tele encendida. Empezaba a no afeitarse, a tomar cerveza y a rascarse la entrepierna por debajo de un pantalón del pijama que apenas se cambiaba.
- No deberías abandonarte de esta manera - le aconsejó su mujer - Deberías salir a buscar trabajo, cualquier cosa. Pero aléjate del sofá, por favor.
La mañana siguiente el señor García se levantó a la misma hora que su mujer, desayunó con ella leche con cereales y tostadas en la mesa de la cocina y se duchó en cuanto se marchó al trabajo. Fue precisamente bajo la ducha donde descartó dedicar su tiempo libre a escribir, montar maquetas de aviones o estudiar inglés por correspondencia y decidió colocar los armarios. Estaba convencido de que su mujer apreciaría el detalle.
Empezó por el dormitorio. Lo vació por completo y clasificó su interior en el suelo de acuerdo con el tamaño. Poco después de comer, encontró dentro de una bolsa de plástico la diana con los dardos. A pesar de que no había terminado de colocar de nuevo todo dentro del armario, se dirigió a la pared del fondo del pasillo, descolgó la réplica del cuadro de Modigliani y la sustituyó por la diana.
Retrocedió de espaldas a la diana, como en un duelo, unos cuantos pasos con los dardos de la mano y los lanzó. Al principio, no estuvo muy acertado, pero con el paso de las horas, fue afinando un poco su puntería. Llegó a inventarse un enfrentamiento con Pérez en los que interpretaba de forma alterna a sí mismo y a su amigo, imitando, incluso, su voz y su forma de tirar los dardos.
Unos minutos antes de la acostumbrada hora de llegada de su mujer, descolgó la diana y volvió a colocar en su sitio la réplica del cuadro de Modigliani. De aquella tarde de dardos, apenas quedó en la pintura al temple de la pared la marca de unos cuantos picotazos.
Su mujer lo encontró en el dormitorio reordenando el armario y, aunque todavía le quedaba bastante para terminar, le apretó un poco el brazo y le besó en la mejilla.
Al día siguiente, continuó la competición de dardos entre el señor García y Pérez. Si lo vieran, pensaba. A veces se carcajeaba por su imitación casi perfecta de Pérez, que además, como casi siempre ocurría en realidad, ganaba todas las partidas.
Antes de que regresara a casa su mujer, volvió a colocar en su sitio la réplica del cuadro de Modigliani y acarició la pared del pasillo. Apenas había añadido unos pocos picotazos más.Su mujer no se mostró tan comprensiva esa tarde. Todavía quedaban unos cuantos trastos del armario repartidos por el suelo del dormitorio.
- ¿Se puede saber qué demonios has estado haciendo hoy?
El señor García empezó a gimotear como un niño sin madre. Su mujer lo abrazó.
- Pobrecito. Lo estás pasando tan mal.
En la competición del día siguiente, Pérez y el señor García comenzaron apostándose dinero. Después continuaron con el coche y la casa y terminaron con la mujer. La partida no acabó demasiado tarde. El señor García colocó en su sitio la copia del cuadro de Modigliani, revisó los picotazos nuevos de la pared y guardó la diana en el sitio asignado en el armario, que, por fin, terminó de ordenar esa misma tarde.
Su mujer lo encontró sentado en la cama, con la mirada perdida en el suelo y se acercó para darle un beso corto en los labios.
- Así me gusta, cariño.
El señor García miró a su mujer, le agarró del brazo, la tumbó sobre la cama, le arrancó la blusa y el sujetador, le levantó un poco la falda y le bajó las medias y las bragas, mientras se desabrochaba el pantalón, para después penetrarla una y otra vez, acertando siempre con su dardo en el centro de la diana.

3 Curiosos:

Entrespinos dijo...

Humm... me parece que estos relatos me suenan... ¿¿Por qué será?? :D

Yo empiezo mañana el taller nuevo. ¡Que penita! Os voy a echar mucho de menos. ¡A ver qué tal! Ya te iré contando...

Al final mandé el relato a Ocio Cero. En concreto al foro 'Taller de literatura'. Aunque las propuestas que se inventan son un poco extrañas. Y ya sabes que a mí eso de que me digan lo que tengo que escribir me suele funcionar bastante mal.

LCS dijo...

Sí, te suenan. Son lo que llamo relatos quemados. Cuando aparecen en internet, dejan de ser inéditos y ya no los puedo mandar a concursos, por eso los cuelgo en la página.

Reconozco que me das un poco de envidia con lo del taller. Lo bueno es que seguiré leyendo a través de tu blog lo que escribas. Ya te los comentaré.

Credendo Vides dijo...

Yo esto no lo he leído en otra parte? recuerdo lo del regalo, pero quizá me lo imagine...
Saludos desde el Inframundo.