martes 21 de abril de 2009

Hipnosis

Mi mujer miraba con la boca abierta como el hipnotizador dejaba oscilar el péndulo a escasos centímetros de mis ojos.
− Duerme −decía.
Sus palabras eran, como las otras veces que me había hipnotizado, apenas susurros. Normalmente, después de unos cuantos segundos conseguía que entrara en trance sin ni siquiera cerrar los párpados. Pero en aquel momento, parecía que le costaba hipnotizarme.
− Lo siento, en estas circunstancias no puedo −dijo.
Recogió el péndulo y lo guardó dentro de uno de los bolsillos de su chaleco. Mi mujer le pidió que siguiera intentándolo, que no se marchara sin conseguirlo, que tenía qué saber quién había sido el culpable. Pero el hipnotizador recogió su chaqueta de una de las sillas, se colocó el sombrero de copa y salió de mi habitación apoyándose en su bastón con el mango de plata.
Me incorporé como pude (mis pies resbalaban continuamente por culpa del charco de sangre) y salí corriendo detrás del hipnotizador. Quería agarrarle del brazo y gritarle cuatro palabras, pero antes de alcanzarlo, tuve que sentarme en el suelo para que no continuar desparramando mis vísceras.

3 Curiosos:

Anónimo dijo...

vaya, no sé a dónde vas a llegar si continuas así.
me ha gustado mucho el del péndulo y el de las "vírgenes bestiales" el del monje me dio un poco de rabia.


Resiste, que yo sigo.
Y que rulen esas pastis.

Kermit dijo...

Muy bueno.

Credendo Vides dijo...

Vaya, pobre hombre. Pero no sabía él quién era el culpable???
Saludos desde el Inframundo.